El mieloma múltiple es un cáncer causado por un crecimiento atípico de un tipo de células localizadas en la médula ósea, las células plasmáticas. Estas células derivan de los linfocitos B y producen las inmunoglobulinas, proteínas necesarias para la defensa de las infecciones. Su crecimiento incontrolado provoca infecciones, anemia y otras complicaciones.
Su incidencia anual es de 4 individuos por cada 100.000 habitantes. La edad media de aparición se sitúa alrededor de los 65 años.
Las principales características del mieloma son: alteración de la función normal de la médula ósea, que se traduce en anemia y/o recuentos bajos de leucocitos o plaquetas; destrucción e invasión del hueso que rodea la cavidad de la médula ósea; producción de proteína monoclonal (proteína M) por las células del mieloma y liberación de la misma a la sangre periférica y/u orina, y reducción de la función inmune normal, que se traduce en niveles bajos de inmunoglobulinas y aumento de la susceptibilidad a sufrir infecciones.
Factores de riesgo
Aunque se desconocen sus causas, el mieloma se ha asociado a exposición a radiaciones, productos químicos, herbicidas, insecticidas o factores genéticos o infecciosos. Es más frecuente en las personas mayores de 50 años y en la raza negra.
Prevención
No existen pautas para prevenir el mieloma múltiple ya que las causas son desconocidas.
Síntomas
Existen muchos síntomas que pueden preceder en años al diagnóstico y que pueden confundirse muy fácilmente con otros tumores.
Los síntomas en la etapa inicial del mieloma incluyen: dolor persistente en los huesos, con frecuencia severo y fatiga. Aproximadamente el 70% de los pacientes con mieloma presentan dolor de diferente intensidad, afectando frecuentemente a la columna lumbar o las caderas. La presencia de dolor severo de aparición repentina puede ser un signo de fractura o aplastamiento de algún cuerpo vertebral.
A medida que la enfermedad progresa, los síntomas pueden incluir: fatiga, fractura de huesos, infecciones, náusea y vómito, estreñimiento, dificultad para orinar, sangrado anormal, dolor de cabeza, etc.
Diagnóstico
El diagnóstico se basa en:
Biopsia de médula ósea que demuestre una anormal -más del 10%- presencia de células plasmáticas en la médula ósea.
Estudio radiológico: en el 80% de los pacientes se observan lesiones, erosiones o fracturas.
Anomalías cromosómicas que se relacionan con la respuesta o con el pronóstico.
Estudio de marcadores tumorales, como la llamada beta-2-microglobulina. Los niveles bajos de albúmina, hipoalbuminemia, junto con la beta-2-microglobulina alta proporcionan peor pronóstico.
También son útiles otros análisis de sangre y de orina para valorar condiciones asociadas con el mieloma: anemia, niveles bajos de otras células en la sangre, niveles elevados de calcio (sangre y orina), y evidencias de daño renal y destrucción de huesos.
Tratamiento
No existe consenso acerca de cómo tratar el mieloma de la mejor manera. La primera y más importante decisión es determinar si se necesita o no tratamiento. Los pacientes con mieloma asintomático deben ser seguidos de cerca sin iniciar inmediatamente tratamiento. Actualmente, no existen terapias que estimulen la regulación del sistema inmune del mieloma en estadios precoces o que eviten la activación de la enfermedad. Sin embargo, hay opciones en investigación, como las vacunas anti-idiotipo. El tratamiento con bisfosfonatos puede ser utilizado desde el momento que exista afectación ósea, aunque ésta sea muy precoz. La eritropoyetina se considera como un tratamiento cuando existe únicamente anemia.
El tratamiento no suele ser curativo, excepto cuando la enfermedad se presenta como un tumor óseo solitario o plasmocitoma extramedular. En estos casos la radioterapia externa puede ser potencialmente curativa. En el resto de situaciones, hay diversas opciones y cada una de ellas deberá ser valorada. El objetivo global del tratamiento es manejar los problemas específicos para conseguir un control general de la enfermedad.
Las opciones de tratamiento son:
Quimioterapia: hay diversas pautas, la más conocida y tradicional es la combinación melfalán y prednisona. Entre el 50%-60% de los pacientes responden a este tratamiento. Existen otras combinaciones añadiendo fármacos más agresivos como la adriamicina, ciclofosfamida o.
Nuevos fármacos: talidomida o derivados de ella, lenalidomida o el bortezomib.
Otros tratamientos como las altas dosis de quimioterapia con alo u auto trasplante deberá ser evaluado de forma individual. Las altas dosis pueden, cuando son eficaces, aumentar la supervivencia pero rara vez son curativas.
En muchas ocasiones el tratamiento de las complicaciones es lo más importante para la supervivencia y su calidad de vida. Para ello se trata la hipercalcemia, con bifosfonatos e incluso líquidos intravenosos si se precisa y se corrige la función renal, llegando en ocasiones hasta la diálisis.